lunes, 25 de junio de 2018
"Enterraron bajo el agua el sol de nuestras vidas"
jueves, 11 de septiembre de 2014
RIZAR EL RIZO
miércoles, 23 de abril de 2014
Querido Gabo
jueves, 14 de marzo de 2013
El Papa Paco
miércoles, 13 de marzo de 2013
Los brotes verdes
viernes, 15 de junio de 2012
Trueque y estraperlo
miércoles, 30 de mayo de 2012
Viaje a Japón
jueves, 1 de septiembre de 2011
Una carta, por favor
Desde que Bill Gates nos regalara este juguete loco que nos sirve para absolutamente todo , como es el mundo de Internet, hemos desechado cantidad de cosas tradicionales que eran de suma importancia para la comunicación humana y social y que actualmente han pasado, lamentablemente, a mejor vida. Me estoy refiriendo, entre otras muchas, a la literatura epistolar. ¿Quién escribe hoy en día una carta, ya sea de pésame, de agradecimiento, de invitación, de reproche, de desamor o de amor?
Bien es cierto que tanto el correo electrónico como los SMS o las redes sociales nos facilitan un contacto más diario y directo con la gente que forma parte, de alguna manera, de nuestro entorno social: compañeros, clientes, familiares, amigos, parejas, colegas, etc; sin embargo ¡qué diferentes son los textos que usamos en estos medios a los que expresábamos en una carta!
Si asaltáramos al cartero en plena calle cuando se dispone a hacer el reparto de la correspondencia, nos sorprenderíamos al fisgar en su carrito y ver que (me atrevería a decir) todas las cartas son del banco, de la compañía eléctrica, de Telefónica, del seguro, del Ministerio de Hacienda, de la Dirección General de Tráfico, de la Seguridad Social, o de la Agencia Tributaria (entre otras). Es decir, en lugar de darnos satisfacción y alegría, lo que hacen es ponernos en el disparador; no las esperamos con impaciencia, sino que nos sorprenden con desilusión. Aquí está la diferencia. Y nos preguntamos ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
Recuerdo en este momento a Pedro Salinas en su libro recopilación “Cartas a Katherie Whitmore”. Esa larga espera por recibir la carta de su amada, espera que duraba incluso meses debido a que la distancia era tan larga que había que esperar a que el barco-cartero cruzara el Atlántico. Durante todo el tiempo el poeta, al contrario de desesperarse se unía en una especie de simbiosis mucho más a su amada, sin conseguir en ningún momento olvidarla y la unión, si cabe, se intensificaba; mientras que los sentimientos explotaban cuando caía en sus manos por fin la añorada y esperada carta.
No es lo mismo hacer un clic con el ratón y abrir el correo que coger la carta en el buzón, ver su remite, acariciarla, olerla, abrirla cuidadosamente a fin de no romperla, sacar la cuartilla, desdoblarla y leerla. ¿Cuántas veces se puede leer y releer una carta? Pedro Salinas nos expresa la sensación y los sentimientos que él tenía:
Sólo el peso de tu carta en el bolsillo me servía de prenda, de prueba. Vivía yo en ese rectángulo de papel. Era el lugar más cierto del mundo. Y antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida, el sí que me daba la vida a la pregunta atormentada: «¿Soy? ¿Es? ¿Somos?». Sí, sí, sí. Todo, sí. Todo, sí, oye, todo sí. Y luego en mi cuarto la leí. La he leído. La leeré. ¡Cuántas delicias!
Primero la delicia de ir aprendiendo tu escritura, tu letra, de tropezar en una palabra y descifrarla, por fin. ¡Tu escritura, un modo más de ti, una manera más de vivir tú! Primera carta tuya, en inglés. Júbilo, júbilo, alegría. ¡Sensación festival, inaugural, de promesa, de fiesta!
Siempre la conservarás en un lugar privilegiado, oculto, pero a mano, para disfrutar de ella siempre y cuando quieras. Pasan los años y ahí permanece con el mismo sentido del primer día, añeja pues su color blanco ha ido cogiendo solera y lo indica con ese color amarillento que todavía le da más empaque.
¿Por qué no fomentamos de nuevo la costumbre de comunicarnos con los nuestros a través de las cartas? Aun, a veces, siendo comprometedoras y testimonios directos de ciertos acontecimientos, deberíamos escribirlas; así podríamos dejar una herencia a nuestras generaciones venideras, que gozarán de toda la información del mundo, pero carecerán de lo que engendra la esencia misma del ser humano: los sentimientos y la humanidad que subyace en todos nosotros. Si nuestros antepasados no las hubieran escrito nos habrían privado de parte de nuestros orígenes.
lunes, 1 de agosto de 2011
Un ejemplo a imitar: Superávit municipal
Érase una vez una pequeña aldea, tan pequeña es que sólo tiene tres calles: la Mayor, la del Medio y la Alta, intercomunicadas por una vía secundaría, la calle del Horno. Tan austero es que, incluso, sus calles se identifican bien por la ubicación o bien por el establecimiento donde históricamente se elaboraba el sustento básico para su humilde población: el pan.
Aunque el censo de población establece que tiene 79 habitantes, la realidad es otra, pues supongo que no llegará a la veintena durante esos crudos inviernos en los que el hielo, la nieve y las bajas temperaturas congelan hasta las fuentes que los abastecen de agua. Todo cambia cuando el sol veraniego asoma por entre los tesos e ilumina y calienta su seca tierra. Es entonces cuando todos los que tienen alguna raíz en ese lugar escapan en tropel hacia él y lo llenan de bullicio, risas y fiesta (que para eso están de vacaciones), se van abandonando los excesivos calores de la cercana ciudad de Zaragoza en la que la mayor parte pasa todo el año.
Desde hace 11 años visito con frecuencia dicho pueblo y lo que más me sorprende es que no se trata de un grupo de vecinos que conviven simplemente por la proximidad de su pequeña piña de casas, sino que son una gran familia (al margen de la consanguinidad) que comparte todas las horas del día; bien sea en la calle, en la iglesia o en el bar municipal (pues pocas cosas más se pueden hacer). Además, ellos abren sus puertas a todo el mundo, ya sean paisanos o foráneos; y dado que viven en plena y constante comunidad siempre tienen algo que celebrar: un santo, un cumpleaños, un examen, un aniversario o, simplemente matar el tiempo jugando una partida de guiñote o degustando un café o un chocolate con la buena repostería de la anfitriona de la casa.
Pues bien, este pueblo es noticia para mí, ya que se trata de un ejemplo de lo que debería ser este país, donde la crisis, la corrupción y el desamparo de las instituciones nos tocan a todos en mayor o menor medida. Retascón, que así se llama, goza de superávit en las arcas municipales ¿Milagro? Tal vez. Sin embargo deberían algunos preguntarle a su alcalde cómo lo hace. Un ayuntamiento que no pertenece a ninguno de los grandes partidos políticos que son los que tienen potestad para manejar el cotarro, sino que pertenece a un partido regionalista, para el que, supuestamente, deberían estar limitadas las subvenciones y ayudas estatales, ha conseguido sanear y aumentar sus arcas considerablemente, a modo de ejemplo único, a base únicamente de esfuerzo, dedicación y colaboración de todos. Continuamente está realizando obras nuevas en beneficio de la comunidad: pavimentación, alcantarillado, restauración de su patrimonio histórico, jardines, gimnasio, viviendas municipales; incluso ahora está pensando en instalar una piscina que les alivie de las altas temperaturas estivales, además del cierre de su frontón o pabellón para poder disponer de una amplia instalación cubierta que permita a todos los vecinos y forasteros festejar cualquier celebración.
¿Cómo lo hace Armando (así se llama el alcalde)? Pues sencillamente gestionando con sensatez y honradez; dos conceptos que parecen estar borrados del código deontológico de la mayoría de los políticos. Si el resto de gobernantes actuaran como él, no necesitaríamos mucho más para hacer que este país comenzara a caminar con paso firme.
¡Señores gobernantes, pidan audiencia al Sr. Alcalde de Retascón para que les indique el camino a seguir de cómo se gestiona un ayuntamiento con éxito!
Nota: Si no encuentran este pueblo en el mapa, por favor, pregúntenmelo, estaré encantada de informarles.
martes, 5 de julio de 2011
Orgullo y resignación
Si en el globo terráqueo existimos seres de todos los tipos, condiciones, ideologías, características y familias ¿A santo de qué solo se reconoce a algunos? ¿Qué pasa, que solo unos pocos tienen derecho a reivindicarse cuando lo tienen todo ya reivindicado? Si los gays llevan ya algunos años desfilando durante uno de los fines de semana al entrar el solsticio de verano, a pesar de que últimamente lo hagan exclusivamente con el afán de exhibir esos cuerpos que la naturaleza les ha regalado y que ellos han cincelado a modo de un modelo de Miguel Ángel, con mayor motivo podrían hacerlo todos aquellos que realmente necesitan que se les escuche y se les ayude a solucionar sus problemas. Pongamos por caso a las mujeres maltratadas, a los niños abandonados, a los discapacitados, a las prostitutas, a los sintecho y también a todos los heterosexuales entre los que podríamos englobar a altos, bajos, gordos, delgados, calvos, con pelo, tuertos, cojos, mancos, con gafas, rubios, morenos, sintéticos (este adjetivo solo mis amigos lo comprenderán), hipotecados, arruinados, indignados, parados, padres, madres, tíos, primos, vecinos, parientes, etc. Si hay igualdad debería haber los mismos derechos para todos, y no a manifestarse solamente sino también, como es el caso del Orgullo Gay, a desfilar para que todos nos admiraran y no sirviéramos de compasión. Que el Ayuntamiento nos prestara las calles más céntricas de la ciudad y fuéramos todos protegidos por una sarta innumerable de policías y de coches del Samur y de limpieza. En fin para que en este país cada día (ya quedan pocos sin asignarles un santo) fuera una gran fiesta, que para eso estamos viviendo en el “país de la farándula y la pandereta”. Seríamos envidiados por el resto del planeta y en lugar de vivir en un infierno, viviríamos en un verdadero paraíso.
Sin embargo, esto no deja de ser una utopía más y a diferencia de sentirnos orgullosos, todos estamos resignados a esta realidad que nos ha tocado vivir, a pesar de que con fiestas como con las del orgullo gay, podamos fantasear con un mundo mejor; pues no en vano ellos a base de tesón y reivindicaciones han conseguido que se les reconozcan sus derechos y que vivan dignamente su vida dentro de una sociedad aparentemente liberal, pero realmente troglodita.
martes, 14 de diciembre de 2010
11 de julio, fiesta Nacional
Yo propongo a aquellos que tengan la fuerza suficiente para poder hacer algo al respecto, que impongan el 11 de julio como el día del "Orgullo nacional". ¿Cómo podría celebrarse? Pues como cualquier fiesta: con conciertos de música, en los que se cantaran todas aquellas canciones que de alguna manera evocaran a nuestro país; con concursos literarios (aquí se me va la pinza, por defecto) para ver si de una vez por todas algún avezado poeta o cantautor es capaz de escribir la letra más digna para nuestro himno nacional y evitar que nuestros deportistas parezcan muñecos de guiñol cuando lo escuchan; con exposiciones de fotografías, bufandas, camisetas, vuvucelas, gorros y otros enseres decorativos y todos aquellos objetos que recuerden al feliz día en que "La Roja" ganó la copa del mundo; con manifestaciones en la calle que volvieran a reproducir esa marea roja que cautivó a medio mundo ( o a todo el Planeta); engalanando nuestras casas, parques, balcones y plazas con nuestra bandera e indultando de todas las cartas de los restaurantes (sólo por un día, más sería inaceptable) los platos que contengan ese cepalópodo que auguró nuestro triunfo.
Que ese día quedara para siempre como el día en que 23 santos varones nos dieron la mayor felicidad, que alguien puede alcanzar en su vida, a más de 44 millones de españoles. Ellos pasarían a formar parte del santoral. Tal vez, incluso el Vaticano estuviera de acuerdo y colocara el tema sobre el tapete de la mesa papal, a pesar de que la unión hace la fuerza, no creo que sea posible; sin embargo, por falta de ganas, que no quede.
