viernes, 15 de junio de 2012
Trueque y estraperlo
lunes, 1 de agosto de 2011
Un ejemplo a imitar: Superávit municipal
Érase una vez una pequeña aldea, tan pequeña es que sólo tiene tres calles: la Mayor, la del Medio y la Alta, intercomunicadas por una vía secundaría, la calle del Horno. Tan austero es que, incluso, sus calles se identifican bien por la ubicación o bien por el establecimiento donde históricamente se elaboraba el sustento básico para su humilde población: el pan.
Aunque el censo de población establece que tiene 79 habitantes, la realidad es otra, pues supongo que no llegará a la veintena durante esos crudos inviernos en los que el hielo, la nieve y las bajas temperaturas congelan hasta las fuentes que los abastecen de agua. Todo cambia cuando el sol veraniego asoma por entre los tesos e ilumina y calienta su seca tierra. Es entonces cuando todos los que tienen alguna raíz en ese lugar escapan en tropel hacia él y lo llenan de bullicio, risas y fiesta (que para eso están de vacaciones), se van abandonando los excesivos calores de la cercana ciudad de Zaragoza en la que la mayor parte pasa todo el año.
Desde hace 11 años visito con frecuencia dicho pueblo y lo que más me sorprende es que no se trata de un grupo de vecinos que conviven simplemente por la proximidad de su pequeña piña de casas, sino que son una gran familia (al margen de la consanguinidad) que comparte todas las horas del día; bien sea en la calle, en la iglesia o en el bar municipal (pues pocas cosas más se pueden hacer). Además, ellos abren sus puertas a todo el mundo, ya sean paisanos o foráneos; y dado que viven en plena y constante comunidad siempre tienen algo que celebrar: un santo, un cumpleaños, un examen, un aniversario o, simplemente matar el tiempo jugando una partida de guiñote o degustando un café o un chocolate con la buena repostería de la anfitriona de la casa.
Pues bien, este pueblo es noticia para mí, ya que se trata de un ejemplo de lo que debería ser este país, donde la crisis, la corrupción y el desamparo de las instituciones nos tocan a todos en mayor o menor medida. Retascón, que así se llama, goza de superávit en las arcas municipales ¿Milagro? Tal vez. Sin embargo deberían algunos preguntarle a su alcalde cómo lo hace. Un ayuntamiento que no pertenece a ninguno de los grandes partidos políticos que son los que tienen potestad para manejar el cotarro, sino que pertenece a un partido regionalista, para el que, supuestamente, deberían estar limitadas las subvenciones y ayudas estatales, ha conseguido sanear y aumentar sus arcas considerablemente, a modo de ejemplo único, a base únicamente de esfuerzo, dedicación y colaboración de todos. Continuamente está realizando obras nuevas en beneficio de la comunidad: pavimentación, alcantarillado, restauración de su patrimonio histórico, jardines, gimnasio, viviendas municipales; incluso ahora está pensando en instalar una piscina que les alivie de las altas temperaturas estivales, además del cierre de su frontón o pabellón para poder disponer de una amplia instalación cubierta que permita a todos los vecinos y forasteros festejar cualquier celebración.
¿Cómo lo hace Armando (así se llama el alcalde)? Pues sencillamente gestionando con sensatez y honradez; dos conceptos que parecen estar borrados del código deontológico de la mayoría de los políticos. Si el resto de gobernantes actuaran como él, no necesitaríamos mucho más para hacer que este país comenzara a caminar con paso firme.
¡Señores gobernantes, pidan audiencia al Sr. Alcalde de Retascón para que les indique el camino a seguir de cómo se gestiona un ayuntamiento con éxito!
Nota: Si no encuentran este pueblo en el mapa, por favor, pregúntenmelo, estaré encantada de informarles.
lunes, 2 de noviembre de 2009
¿Crisis en la cocina?
Ciertamente esta maldita crisis nos está afectando, desgraciadamente, a todos; bueno, a unos más que a otros, puesto que los que tienen, jamás se ven salpicados por este tipo de miserias; sin embargo la mayoría de los mortales, que nos pasamos la vida buscando la forma de ganarnos la vida, somos los que más sufrimos este tipo de situaciones. Hace algún tiempo nos lo tomábamos a risa, entre otras cosas porque nuestro querido "Alpargatero" nos transmitía ese optimismo preclaro que ni él mismo se creía, pero los españoles somos de esta guisa. A medida que pasan los días vamos viéndole las orejas al lobo, y ya están asomando por nuestras puertas. En realidad ¿Podemos hacer algo? Pienso que sí. Podemos, por ejemplo, aprender a comer bien y barato. Esto aparentemente puede sonar a paradoja, o más bien a una sonada tontería, pero creo que se puede afirmar categóricamente que es posible.
Comer es una necesidad de primer orden, por lo tanto debemos estrujarnos los sesos para encontrar la forma de hacerlo lo mejor posible y olvidarnos de que la crisis también puede tocar a nuestros fogones.
Después de haber realizado ya 6 menús en nuestra nueva aula de Cocina Estudio-2, nos hemos dado cuenta de que la gente tiene especial interés en los platos contundentes, esos platos heredados de nuestras madres y abuelas y que, a pesar de ser supersencillos, nos alimentan sobremanera; platos que son reliquias dentro de nuestra cultura gastronómica. Me estoy refiriendo a las alubias del Barco de Ávila, las lentejas de La Armuña o los garbanzos de Fuentesaúco, sin olvidar las patatas, tomates, pimientos, repollos de la huerta gallega o castellana y los huevos de esas gallinas que la tía Satur mima y alimenta con trigo y el poco o mucho verde que le regale la naturaleza en su prado, dependiendo del agua de lluvia con que el cielo se digne a regar esas pobres tierras, gallinas que, incluso, le llegan a incubar y sacar pollitos. ¿Dónde se puede ver eso, sino es en el corazón de nuestros pueblos?
Pocos son los productos que se necesitan para elaborar ricos platos y alimentarnos de manera sana y natural. ¿Son baratos? Pues sí, o al menos todos estos productos están al alcance de cualquier bolsillo, si los comparamos con los que podemos adquirir en los mercados. Debemos acostumbrarnos a comprar directamente al productor y evitar el comprar los productos que, adulterados, pasan por las manos de un montón de intermediarios.
De esta manera podemos solucionar un poco la crisis: Abarataremos nuestra cesta de la compra, comeremos mejor y al mismo tiempo podemos dar un empuje económico a los productores que son los primeros en acusar los zarpazos de la deficiencia económica.