lunes, 25 de agosto de 2008

Interjecciones

Por Ángeles Álvarez Moralejo
Siempre se ha considerado a este tipo de palabras como partes de la oración invariables, esto es verdad, pero pienso que no se debería hablar de palabras y meterlas en el mismo cajón de los adverbios, preposiciones y conjunciones. Lo más correcto sería considerarlas oraciones completas, que se han reducido a la mínima expresión debido a la carga de economía lingüística que las ampara.
Cuando decimos ¡Oh!, ¡Ja!, ¡Olé!, ¡Uh!, ¡Ah!, ¡Eh!, etc. en realidad estamos expresando no sólo un único contenido, sino que dependiendo de la situación en que las expresemos, podemos dar contenidos variados, bien de sorpresa, miedo, duda, incredulidad, temor, admiración, ironía, rechazo, alegría, etc.
Veamos algunos ejemplos:
¡Oh! ¡Qué bonito!, (expresa sorpresa o admiración). En realidad estamos diciendo: Nunca he visto nada tan bonito. Estoy muy sorprendido con lo que estoy viendo.
¡Ja! Puede expresar ironía, rechazo, burla, etc.
¡Ja! No me tomes el pelo.
¿Que te casas el próximo mes? ¡Ja! Y ¿con quién?
¡Ja, ja, ja, ja! Cuando la damos repetida, es la onomatopeya de la risa.

Así podríamos dar ejemplos sin límite usando estas formas que sin duda forman parte la economía lingüística más extrema.

martes, 19 de agosto de 2008

Alcázar de Toledo

Por sysifus
Panorámica de la ciudad, con el Alcázar a la derecha.

El Alcázar de Toledo es, probablemente, el monumento más famoso de la ciudad. Su gran tamaño y el emplazamiento elevado que lo soporta, sobre una plataforma en la parte más alta del casco antiguo, lo hacen destacar claramente en la mayoría de las postales panorámicas, y realmente dota de un carácter inconfundible la vista de la ciudad desde varios kilómetros.

Lo cierto es que la Catedral, la Sinagoga de Santa María la Blanca o el Puente de Alcántara, por poner algunos ejemplos, son monumentos más significativos en lo que a historia, cultura y arte se refiere. Vista del Alcázar. Pero el Alcázar, además de contar con la ayuda geográfica antes señalada, tuvo durante el siglo pasado un protagonismo de diferente matiz, y para explicarlo hay que retroceder hasta los comienzos de la Guerra Civil, en el verano de 1936.

Durante las primeras horas de la contienda, a pesar de que en Toledo la rebelión militar no iba a tener éxito, un grupo de guardias civiles liderado por el coronel José Moscardó hizo acopio de municiones y se dispuso a hacerse fuerte en el Alcázar y en otros edificios aledaños. Toledo no poseía ninguna importancia estratégica, pero la resistencia que allí tuvo lugar no tardó en convertirlo en un símbolo. El ejército republicano intentó tomarlo durante dos meses tras los que el edificio quedó reducido a poco más que un amasijo de escombros debido al fuego de artillería, las bombas arrojadas e incluso alguna carga de dinamita colocada en sus cimientos en un vano intento de demolerlo por completo. En cierto modo, se malgastaron unos recursos que se podrían haber utilizado para otros fines. Pero no sólo por parte de los republicanos: a finales de septiembre las tropas nacionales del coronel Juan Yagüe estaban dispuestas a marchar sobre Madrid, pero el general Francisco Franco decide posponer el ataque sobre la capital y desviar el avance con el objetivo de liberar el Alcázar de Toledo. Bajo el mando del general José Enrique Varela, que había sustituido a un disconforme Yagüe, se cumplió tal empresa el 27 de septiembre. Una decisión tácticamente desastrosa, pero también un hito propagandístico que encumbró a Franco como líder absoluto del ejército sublevado, a pesar de que la posterior campaña de Madrid, en noviembre, fue frenada por una resistencia que, posiblemente, no hubiera sido tan eficaz dos meses antes. Pero esto es sólo una elucubración.

Panorámica de la ciudad a mediados del siglo pasado, con las ruinas del Alcázar a la derecha.
Tras la guerra, las ruinas del Alcázar presidieron la ciudad durante algunas décadas, antes de ser reconstruido para convertirse en el "Museo del asedio", dedicado íntegramente a rememorar aquellos meses de guerra. Actualmente está en obras, dado que será la sede del nuevo Museo del Ejército.

¿Pueden dos meses de guerra y cuarenta años de propaganda borrar varios siglos de historia? No será por nuestra culpa. El Alcázar de Toledo se asienta en el mismo lugar que un palacio romano construido en el siglo III. Durante la edad media fue modificado por visigodos, árabes y cristianos, según iba cambiando de manos la ciudad. En 1535, durante el reinado del emperador Carlos I, se convirtió en el palacio renacentista que puede observarse en el grabado que se reproduce a continuación (detalle abajo a la derecha).
Grabado de 1565: panorámica de Toledo con detalle de la Catedral a la izquierda y del Alcázar a la derecha

A principios del siglo XVIII fue reducido a cenizas por un incendio durante la Guerra de Sucesión. Un siglo después, cuando ya había sido reconstruido y convertido en la Casa de la Caridad, fue nuevamente presa del fuego a manos de las tropas de Napoleón. La posterior reedificación no fue hasta 1882, para albergar la Academia General Militar. La construcción era ya similar a la actual, aunque bastante más tosca. Tan solo cinco años después volvió a ser asolado por un incendio. Fue restaurado por enésima vez, y ese fue el último sobresalto de su historia hasta que estalló la Guerra Civil. Como puede desprenderse de esta cronología, el episodio que acaeció entonces es una nimiedad comparado con la serie de catástrofes que sufrió a lo largo de los siglos precedentes.

Nota: a excepción de la segunda foto, sacada de nuestro archivo, las demás proceden de la web oficial del Excmo. Ayuntamiento de Toledo.

martes, 29 de julio de 2008

Esto va a traer cola (Expo 2008)

Por Roca
¿No vas a la Expo? O ¿Cuándo vas a la Expo? Estas son, sin duda, las preguntas de este verano, y claro yo sí fui a la Expo. Aprovechando el mal llamado puente de Santiago, ya que cayó en viernes tal día, cogí mi supercámara y me fui a Zaragoza.
El día de Santiago, temiéndome lo peor, madrugué y me dirigí al recinto de la Expo, dispuesta a hacer cola, y claro, así fue: primera cola para sacar la entrada, segunda para acceder al recinto. Ya dentro, observo una carrera (por parte de los visitantes). ¿A dónde va esta gente?, a hacer cola para poder entrar a los pabellones.

Yo me dedico a inmortalizar el lugar y a disfrutar de la vista de la ciudad desde el otro lado del Ebro. Durante 12 horas (de 9:00 a 21:00) veo a cantidad de gente haciendo cola, y mi supercámara y yo, paseando tranquilamente sin hacer grandes colas y claro está sin entrar a esos pabellones de grandes colas.

domingo, 27 de julio de 2008

Connotaciones contagiosas

Por sysifus

El equilibrio entre denotación y connotación es una de las características del lenguaje. En determinados contextos, como el jurídico, resulta vital eliminar cualquier vestigio de subjetividad; pero entre humanos la balanza entre ambas condiciones nunca tiene un platillo vacío, por mucho empeño que se ponga. Esto es así porque el fenómeno de la connotación depende en gran medida del receptor.

En ocasiones, ciertas palabras se emplean tan a menudo en un mismo campo que terminan siendo esclavas de un contexto determinado, aun estando fuera de él. Es el caso del adjetivo "nuclear", tan ligado a las armas de destrucción masiva y a las centrales de fisión de uranio. Tal es así que cuando se habla de "familia nuclear" no es raro que alguien pueda imaginarse a sus miembros explotando en una nube con forma de hongo. El diccionario RAE nos da una acepción aséptica en primer lugar: "Perteneciente o relativo al núcleo". Pero todas las siguientes se refieren a la energía proveniente de trastear en el núcleo de ciertos átomos.

Pasaron diez años entre la invención de la bomba atómica y la inauguración de la primera central eléctrica con tecnología de fisión. Aunque el adjetivo "nuclear" no se utilizaba en un principio con el fin de referirse a este tipo de armas, hubo tiempo suficiente para que se asociase a destrucción, pánico, muerte... Y el hecho de que la energía nuclear sea de las más limpias, pero también la más dañina cuando algo falla, no ayuda a liberar el término de tan negativa pátina. Un famoso eslogan refleja ese rechazo: "¿Nuclear? No gracias".

El término "núcleo" se empezó a usar en el siglo XIX para identificar la parte central de las células, esos pequeños ladrillos que forman toda materia viva. Al descubridor, Robert Brown, le pareció que la palabra latina nuclĕus (pequeña nuez) era bastante apropiada para un orgánulo que, por lo demás, era totalmente insondable, tanto que no se tenía ni la menor idea del papel que jugaba dentro de las funciones biológicas. Por aquel entonces la existencia de los átomos sólo se presumía, pero un siglo después no sólo se poseían datos precisos, sino que éstos se habían aplicado al terreno bélico. El núcleo de los átomos que, salvo por el nombre, no tenía nada que ver con el de las células, había cobrado ya mucho más protagonismo.

El sustantivo está presente, fuera de la biología y la física, en campos muy dispares: sintaxis, matemáticas, astronomía, informática, urbanismo, fonética, periodismo, etc. Mas utilizar el adjetivo es ya harina de otro costal, y de hecho no suele hacerse.

miércoles, 23 de julio de 2008

Oficios en extinción

Por Ángeles Álvarez Moralejo

Muchos son los oficios tradicionales que van desa­pareciendo debido al avance tecnológico, a las nuevas formas de vida o vete tú a saber por qué. La cuestión es que ya no oímos por la mañana a la mujeruca que venía con una burra vendiendo la leche por las calles y que gritaba: ¡Lecheraaaaa! Tampoco al hojalatero, que arreglaba las cacerolas de aluminio o zinc. Ni al alguacil que iba por las calles con su chiflato y, colocándose en las esquinas o zonas más estratégicas del pueblo, pregonaba los acontecimientos, avisos, bandos o noticias del señor Alcalde; o que nos avisaba si había algún tendero en la plaza para poder comprar sardinas o melones. El colchonero que se pasaba periódicamente por los pueblos para deshacer y volver a hacer los colchones de borra o lana, después de haber soportado todos los sudores provocados por ese sol de justicia que cae en verano en Castilla. Y, ¿cómo olvidar al sereno? Bien es verdad que no existía en los pueblos, pues allí no era necesario vigilar los portales de las casas, porque no existían, pero en todos los barrios céntricos de las ciudades, grandes o pequeñas, pululaba durante toda la noche ese personaje fantástico, amable y entrañable que era el sereno, con su manojo de llaves de todos los tamaños, atado a la cintura, y que además de abrirte el portal cuando llegabas a horas intempestivas, cantaba la hora: ¡La una, y sereno!

Uno de esos oficios se mantiene y es lo que me ha provocado escribir este artículo, se trata del afilador. Aun viviendo en pleno centro de Madrid, me sorprende que este personaje (siempre gallego), perviva en este estilo de vida. Mantiene toda la tradición, como es su bicicleta adaptada con la rueda de afilar y su filarmónica característica que toca para que sepamos que está enfrente de nuestro portal a fin de que le bajemos todos los cuchillos y objetos cortantes que tengamos en la casa y que necesiten ser pulidos para seguir cortando el jamón o un buen chuletón, además de la cebolla y los ajos en la cocina. También tiene su grito de guerra: ¡Afiladooooor! Cuando lo oímos no podemos por menos de acordarnos de aquello que dice: "Cuando oigas al afilador es que va a llover". La verdad es que muchas veces es cierto. Pero a santo de qué funciona esto. Será porque, como dije antes, la mayoría de los afiladores son gallegos y siempre entran por el oeste las borrascas.

En fin, muchos más son los oficios que ya no existen o están en extinción: segadores, limpiadores, encajadoras, hilanderas, amas de cría, lavanderas, planchadoras, plañideras, etc.

Los tiempos cambian, afortunadamente, y a muchos de estos oficios los han sustituido las máquinas, en otros casos el estricto seguimiento sanitario o el consumismo y en otros el cambio de sentimientos, ya no contratamos a nadie para que llore a nuestros muertos, los lloramos nosotros y listo. Socialmente ya no tiene validez la cantidad de plañideras para valorar el status social de una familia.